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Historia

García Lorca, el poeta que se niega a morir

García Lorca, el poeta que se niega a morir

Poco antes de la madrugada remota del 19 de agosto de 1936, cuatro hombres que habrían de encontrarse con la muerte salían de su prisión, escoltados por bayonetas y fusiles hacia las cercanías de la Fuente de las Lágrimas. Allí, desde julio pasado, y al pie de los olivos, más de 280 personas ya habían sido fusiladas.

Ahora le tocaba el turno al poeta español Federico García Lorca, arrestado tres días antes, bajo el cargo de “espía de los rusos” y también “porque ha hecho más daño con la pluma que otros con la pistola”. Vanos fueron los intentos de sus amigos por liberarlo. Su suerte ya estaba escrita.

García Lorca apoyó, junto a otros intelectuales, al gobierno del Frente Popular con manifestaciones artísticas públicas. Por eso, cuando su hermana Concha le preguntó, a la hora de la cena, si él era en verdad un comunista como andaban diciendo por ahí, él –riendo– le contestó: “Olvídate de todo lo que dice la gente. Yo pertenezco al partido de los pobres”.

 

La guerra civil española

En julio de 1936 el aire de España olía a guerra civil. Luego del triunfo de los izquierdistas reunidos bajo el Frente Popular (apoyados por los anarquistas) en las elecciones de febrero de ese año, el ambiente se hizo irrespirable. España se debatía entre una burguesía conservadora y un gobierno progresista dispuesto a aplicar cambios radicales que habrían de afectar a varios.

Pero el nuevo gobierno se encontró con posiciones radicales internas que favorecieron un clima de enfrentamiento. Así, el 18 de julio de 1936, gran parte del ejército se alzó en contra del gobierno. La acción inmediata de éste fue que las milicias populares impidan a los sublevados apoderarse de las ciudades principales. Estalló así la guerra civil española, que habría de terminar luego de tres años con Francisco Franco al mando del país, instaurándose una dictadura militar que concluyó con su muerte, en 1975.

Varios intelectuales murieron durante aquellos años de rojos combates. Uno de ellos, sino el primero, García Lorca…

¡Ay, qué 19 de agosto en sombra!

Ilustración: Pérez De Elías

El Rey Midas de la música

El Rey Midas de la música

La repentina muerte del cantante Michael Jackson (MJ) fue la estocada final de una vida llena de éxitos que no causaron otra consecuencia mayor que no sea impacto. De hecho, el apellido de su éxito lleva ese nombre. Fue autor de una criatura a la que no supo dominar.

 

La vida de MJ tuvo altibajos insospechados, y todos provocaron en sus fanáticos una histeria colectiva que no se puede entender si no comprendemos antes quién era él.

Ahora, las revistas especializadas publican artículos que lo colocan como el rey de reyes de la música. Amén de que antes lo hayan condenado al ostracismo.

Tal vez tengan razón. Tal vez exageran. Pero de lo único que podemos estar seguros es de que después de muerto, este hombre “simple” de vida complicada dejó al mundo boquiabierto gracias a la consecuencia de sus actos.

Primer acto: Salta con éxito al escenario de la música. Atrás quedaron sus hermanos mayores. Se encuentran en un pasado que sólo los nombra como los Jackson 5. La historia (sea por capricho o porque le gusta el impacto, se queda en él).

Segundo acto: Con el paso de los años, MJ perdió su infancia. Su vida era la música, el baile, los escenarios, las giras de conciertos y comprender el difícil mundo de los negocios. Poco después, las canciones del grupo saltaron a las listas más famosas de éxitos. El destino lo había llamado como a su estrella más preferida.

Tercer acto: Desde que consagró su vida a la música, estamos seguros de que deseaba con toda su alma que los medios lo dejen en paz. Pero para su desgracia, el precio que pagó fue tan caro que sus millones de dólares apenas le alcanzaron para aquello que sus gustos le ordenaban. Murió endeudado, incluso. Pero la paz de su alma, nunca logró saldarla.

Cuarto acto: MJ aprendió para siempre que el baile debía ser el sello indiscutible de su música. Las coreografías novedosas que presentó impactaron no sólo por su novedad, sino también porque parecía haber llenado un vacío tan reclamado por la generación de jóvenes de su época.

Con él nació una nueva forma de entender al videoclip. Sus canciones son verdaderas historias que aún nos envuelven de atención: impactan. Con ese sello se lo conoció en la década de los 80’s. Era el Rey Midas de la música: canción que presentaba, éxito asegurado.

Quinto acto: La última década del siglo XX no fue la excepción. Luego de un breve silencio, retornó al mundo de la música con un nuevo rostro y desafíos nuevos. Comprendió que el éxito de su música habría de enseñarle que todo nuevo proyecto debe superar al anterior.

Fiel a esa consigna, una noche de concierto, cayó desmayado de cansancio en una de sus tantas presentaciones. Pero no fue la única. Los problemas judiciales tocaron a su puerta el día en que un padre de familia denunció que su hijo había sido abusado sexualmente por el cantante.

Los medios dirigieron sus dedos acusadores contra un hombre que no había aprendido a ser niño. Y como suele ocurrirnos a todos, lo juzgamos desde nuestra ventana, obviando que quizá su comportamiento extraño y esquivo le había hecho preferir a los niños antes que a cualquier otro ser.

Último acto: Había entrado en la quiebra. Las noticias sobre él ya no eran un eco de éxitos, sino una secuela de desgracias que no supo afrontarlas refugiándose en los medicamentos. No  pudo convivir con dos cosas opuestas: el éxito y su terrible timidez.

Así, este pasado 25 de junio, MJ cerró sus ojos para siempre dejando otra vez a sus adormecidos fans con la boca abierta de sorpresa. Había causado el último impacto de su vida: irse joven, triste, con una salud deteriorada, llevándose a donde quiera que se haya ido las estrellas de sus éxitos y los secretos de sus penas.

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Ilustración: ABECOR.

Cuba: (1959-2009) La revolución deseada y condenada, pero viva...

Cuba: (1959-2009) La revolución deseada y condenada, pero viva...

La herencia que la revolución cubana nos dejó en América Latina es un escenario de opiniones encontradas. Unas la apoyan; otras la condenan con el argumento casi demoledor de que para combatir a una dictadura no era necesario instaurar otra.
¡Cuánta razón reside en esa idea! Pero también es importante comprender que los procesos históricos (cuyo gatillo es siempre la política) nunca serán sencillos como cuando prendemos o apagamos un interruptor.
Una revolución, por su carácter histórico, nunca será una reforma a regañadientes o un cambio político radical que, mucho menos, puede presumirse de pacífico.
En el caso de Cuba, en 1959, se combatió a una dictadura cruel porque las condiciones históricas y sociales estaban «acordes» para que ello sucediera. Y, a renglón seguido, se instauró otra que aún restringe las libertades de prensa, de información y de expresión.
Esto ocurre porque Cuba “aún se encuentra en guerra contra Estados Unidos”, país que “apuesta al desgaste” político de la Isla. Por esta razón, Gringolandia ha decidido no invadirla, tal como lo hizo con Irak o Afganistán, según me lo contó el periodista cubano Luis Sexto, hace un par de años.
La ofensiva estadounidense contra Cuba ha sido el bloqueo económico, impuesto en 1962, y según reporta la agencia EFE, las pérdidas económicas en Cuba ascienden a los 93.000 millones de dólares.
Además, Cuba tampoco representa un peligro terrorista frente a algunos países de Oriente Medio como para hacerle saltar de la silla presidencial a George W. Bush, víctima de una preocupación severa.
Lo cierto es que desde hace 50 años, el país se convirtió en la piedra del zapato para Estados Unidos, y también en el símbolo de una derrota que a todo GRANDE le incomoda. Esos criterios caminan sobre la mesa del debate, luego de 50 años de la revolución cubana.
En América Latina, los ejemplos de cómo la pasión política se antepuso a la razón histórica (ignorando las condiciones sociales) que trataron de imitar la revolución cubana dejaron consecuencias rojas de un negro vacío en las familias, que hasta el día de hoy arrastra generaciones enteras.

Foto:Tomada del diario La Razón-Lpz Bol.

1968: El año en que naciste

1968: El año en que naciste

El año en que tus ojos vieron la luz fue otro más en que el autoritarismo político caminó por los pasillos del poder. Y esto ocurrió, aunque resulte difícil de creerlo, en casi todo el mundo y durante los doce meses.

Tienes mucha razón cuando afirmas que el objetivo del autoritarismo político es la ambición de poder, “la enfermedad del poder”, dijiste. Por él naciones completas se han odiado siglos enteros. El poder dejó en nuestras sociedades la herencia triste de que gracias a él todo estará ante nuestros pies. Y el resultado será siempre el mismo: aquello que llegue a nuestras vidas bajo el poder de la autoridad, nunca será bienvenido.

Varios grupos de personas, el año en que tú naciste, comprendieron ese mensaje. Y lo llevaron a la práctica levantándose contra el autoritarismo político. Y, en el peor de los casos, arriesgando su propia vida.

Las imágenes de enfrentamientos en las calles, que los periódicos de la época y las cámaras de la televisión captaron para el recuerdo, se las concibió como algo común del año en que tú naciste.

Varias protestas estudiantiles del Viejo Mundo estallaron en diferentes países. Los periódicos de la época recogen noticias desde Francia, Inglaterra, Beirut, Egipto, Turquía, Polonia, Grecia, Bélgica, Alemania, Italia, Portugal, India, Paquistán y Japón.

El Mayo francés fue un movimiento estudiantil que demandó a las autoridades mayor libertad política para expresarse y una reforma urgente a los planes obsoletos de estudio de las universidades del país, tal como dijeron al mundo.

Imagínate la locura cuerda que estos jóvenes buscaron: transformar las reglas incuestionables de la sociedad; reglas autoritarias que no soportaron el derecho a réplica.

Pero no olvidemos también que entre las demandas estudiantiles se había colado un hálito comunista que politizó a varios jóvenes del año en que naciste, y les hizo comprender que el hombre de ese tiempo, en su afán de progresar no miraba otra cosa que el deseo de vivir bien, sacrificando sus propios sueños, sin importarle a quién pisaba para lograrlo. Algo así como ya no busco lo que siempre quise ser y me convierto en lo que nunca quise, pero que me sirve para vivir. A esa forma de pensar la llamaron aquel tiempo «enajenación». Este egoísmo hizo perder en las personas el genio de reconocerse como seres humanos, capaces de construir algo mejor para todos. Esa individualización destruyó algunos valores.

 

En la ex Checoslovaquia, Alexander Dubcek, primer secretario del Partido Comunista, trató llevar a la práctica un socialismo con rostro humano, más abierto a las libertades democráticas y económicas dentro del régimen socialista. Pero las tropas del Pacto de Varsovia, lideradas por la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, excepto Rumania, invadieron Praga la madrugada el 20 de agosto, con tanques armados hasta los dientes.

Su fin, imponer autoridad. A este hecho que la historia le llama el fin de la Primavera de Praga, había comenzado en enero del año en que tú naciste. Frente a la ocupación militar, obreros y estudiantes reaccionaron con movilizaciones y huelgas.

 

En Estados Unidos, los jóvenes universitarios gritaban a coro consignas contra la intervención militar de este país en la Guerra de Vietnam. Las agencias de noticias demostraron la brutalidad con que actuó el ejército estadounidense en esta guerra.

Estados Unidos libraba las campañas primarias para la Presidencia de la República. En junio asesinaron al candidato demócrata Robert Kennedy, hermano menor de JFK, quien dejó para la historia una hermosa frase: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por tu país».

La sociedad estadounidense se debatía también en una crisis racista, donde unos querían que los negros sigan en su sitio por el resto de los siglos. En cambio, éstos luchaban porque se cumplan sus derechos civiles conquistados con el derecho al sufragio cinco años antes. De esa época es el discurso I have a dream del reverendo Martin Luther King, pronunciado en 1963, frente a miles de personas, justo a lado del monumento al presidente Lincoln.

«Tengo un sueño. Que algún día esta Nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: Afirmamos que estas verdades son evidentes por sí mismas y que todos los hombres fueron creados iguales…»

Esa mañana, la gente se había reunido para marchar en Washington exigiendo trabajo y libertad. Y yo creo que en cada palabra pronunciada por Luther King había otra demanda que perdura hasta el día de hoy: dignidad; el derecho a ser incluidos en un sistema social, al que ellos reconocían como suyo. No querían aislarse, no querían un país para ellos, querían que se los llame también estadounidenses.

La demanda había comenzado a principios de los años ’60. Y sus opositores racistas creyeron terminarla el día en que asesinaron a Luther King, aquel 4 de abril del año en que tú naciste, poco después de que el reverendo había cumplido los treinta y nueve.

Mira lo que son las cosas: cuarenta años más tarde, Barack Obama, un político de color, de origen africano, el símbolo de un rechazo todavía real en Estados Unidos, es elegido nada menos que su Presidente.

La portada del miércoles 5 de noviembre pasado de El Periódico, de Cataluña-España, es más que sugestiva al mostrar en toda ella el rostro de Martin Luther King con una leyenda al pie que dice: “Pendientes de un sueño”.

 

La historia nos cuenta que Estados Unidos demostró también actitudes autoritarias respecto a Latinoamérica. El objetivo principal de este país –escribe Gabriel García Márquez en Entrevista con Philiph Agee– “era que los países de América Latina rompieran relaciones con Cuba, hasta su aislamiento total. Para conseguirlo promovieron golpes de Estado, desórdenes públicos, huelgas pagadas y represiones sangrientas de protestas populares y estudiantiles. Enriquecieron a los partidos de derecha, corrompieron a los reformistas e instauraron por último el imperio de los gorilas. Las universidades fueron centros fáciles de agitación y provocación”.

 

Estudiantes de varios países de América Latina, influidos por el movimiento francés, protestaron de manera pública (exigiendo sus respectivas demandas) contra los gobiernos de sus países. La respuesta fue casi la misma en todas: cuerpos policiales reprimieron a los estudiantes. Dispararon gases lacrimógenos y balas de verdad. Los estudiantes, en su defensa, lanzaron piedras, ladrillos, bombas molotov y hasta zapatos.

El fenómeno de las protestas estudiantiles europeas, que salpicó a Estados Unidos, llegó a México; y como si se tratase de la corriente de un río al que nada puede detenerlo, siguió su curso hacia Panamá, Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay.

 En todos estos países ocurrió lo mismo que en Europa: represión por parte de los respectivos cuerpos policiales de cada país, antecedidos por discursos autoritarios de los presidentes de la República.

Jorge Pacheco, presidente de Uruguay, decretó en junio del año en que naciste estado de sitio, prohibió las manifestaciones públicas, las huelgas y censuró a la prensa.

Los trabajadores del país se levantaron contra el congelamiento de salarios con huelgas movilizadas, seguidos de protestas estudiantiles. Hasta el día de hoy recuerdan a Líber Arce, estudiante de Odontología, de 29 años, que recibió un balazo en la espalda por parte de un policía, el 14 de agosto del año en que naciste.

El presidente colombiano, Carlos Lleras Restrepo, frente a varias movilizaciones estudiantiles de su país dijo que no iba a permitir “el deporte de las huelgas”. En varios departamentos las protestas habían estallado, pese al estado de sitio decretado meses antes.

Los ojos del mundo estaban también en México. En octubre se inauguraron los Juegos Olímpicos. Pero la huelga estudiantil, que había comenzado en agosto, era un problema grueso para el presidente Gustavo Díaz-Ordaz Bolaños.

Los estudiantes, que demandaban al Gobierno un alto a las violentas represiones policiales, exigían –entre otras demandas– un diálogo abierto con la radio, la televisión y la prensa escrita como testigos.

Sin embargo, el presidente Díaz-Ordaz lanzó su advertencia: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados. Pero todo tiene un límite y no podemos permitir ya que se siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico, como a los ojos de todo el mundo ha venido sucediendo.”

Así, la mayor desgracia que ha quedado para la historia es la matanza de estudiantes mexicanos en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, aquella noche triste del miércoles 2 de octubre del año en que tú naciste. Este capítulo demanda una respuesta, pues hasta ahora no se sabe cuántos murieron aquel día, como tampoco se encarceló a nadie de los supuestos culpables.

 

Pero hubo de suceder algo más para que estudiantes, intelectuales, gente común y obreros, salgan a las calles del mundo a luchar por sus respectivas demandas: el cambio de modo de vida en la sociedad.

El caso de las mujeres, por ejemplo, es digno de admiración. Nació con ellas una nueva forma de concebir la vida: ingresaron al mundo del trabajo. Ya no eran las simples madres de familia que aguardaban al marido con el plato de comida servido sobre la mesa. No, ahora eran capaces también de asumir el riesgo de sus propias decisiones.

Estallaron el movimiento feminista, la liberación sexual, sus deseos de independencia y autonomía frente a un mundo machista que sólo las tenía como reproductoras de nuevas generaciones.

Las mujeres se dieron cuenta de que la ciencia estaba de su parte cuando se comenzó a vender, en 1960, la píldora anticonceptiva. Se estaba consolidando su derecho a decidir sobre su cuerpo y sexualidad.

Pero el año en que tú naciste, el 25 de julio para ser más exactos, el Papa Paolo VI publicó su famosa encíclica Humanae Vitae, con la que condenó el uso de los anticonceptivos. Pese a ello, la ciencia llevó a las farmacias del mundo otra píldora anticonceptiva, “la del día después”, que contradice las órdenes de la Iglesia Católica.

 

Los valores por los que se guiaba la sociedad cambiaron de color desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Los horrores de la Guerra influyeron en la forma de pensar de aquellos hijos cuyos padres habían ido a combatir a los campos de batalla. Nació en la sociedad joven un rechazo generalizado al autoritarismo, venga de donde venga y bajo cualquier circunstancia. Y lo expresaron en la música, en la forma de vestir y hasta en la forma de hablar.

Aquella generación de personas jóvenes del año en que tú naciste nos dejó la enseñanza feliz de que no hay mejor obra del ser humano que luchar por el derecho a la vida y por la necesidad de ser escuchados. Aquel año histórico tuviste la suerte de nacer, y te confieso que me hubiera gustado también.

Obama frente al mundo

Obama frente al mundo

La responsabilidad que cayó en las espaldas de Barack Obama, Presdente electo de los Estados Unidos de Norte América, es más grande de la que él soñó. Los ojos del mundo y de los opositores de las políticas empleadas estos últimos ocho años desde la Casa Blanca, están sobre él.

Obama dijo que "el cambio ha llegado a América". Los retos internos que debe solucionar son las dos guerras que su país lleva adelante (Irak y Afganistán), la mayor crisis financiera de la historia y definir su compromiso ante el cambio climático cuyas secuelas afectan a todo el planeta. Obama debe garantizar frente al programa nuclear de Irán que la diplomacia es el camino más adecuado para evitar otra guerra.
En sus manos está la responsabilidad de recuperar el prestigio internacional que su país ha perdido en los últimos años. El apoyo o rechazo a su política internacional (Latinoamérica, para nosotros) dependerá también del tipo de medidas que asuma: migración, oportunidades comerciales y lucha contra el narcotráfico, entre otros.
Dirigimos, ahora, el telescopio hacia LA CASA BLANCA.

México demanda justicia a 40 años de la masacre de Tlatelolco

México demanda justicia a 40 años de la masacre de Tlatelolco

No se sabe con exactitud la cantidad de personas muertas aquel día; como tampoco quién dio la orden de disparar. Esas dudas son las heridas abiertas que México desea solucionar.

 

Óscar Ordóñez Arteaga *

Los cinco mil kilómetros de distancia que separan a México de Bolivia desaparecieron el instante en que se escuché al otro lado de la línea la voz del ex dirigente estudiantil del ‘68, César Tirado.

Nada más le hice la primera pregunta, y éste lanzó un suspiro largo, buscando con la mirada en el cielo –creo yo– por qué hasta la fecha, los más de 300 muertos de aquel miércoles 2 de octubre de 1968, no tienen justicia.

—¡Ay! Honestamente ésa es una pregunta muy difícil de contestar —me dice.

 

El periódico La Jornada, de México, informó hace poco de que Amnistía Internacional exigió al gobierno del presidente Felipe Calderón que entregue a su país los documentos pendientes para que se cierre uno de los capítulos más dolorosos de su historia.

Félix Hernández Gamundi, otro ex líder estudiantil del ’68, entrevistado para esta crónica, dice que los documentos que faltan los que tiene la Secretaría de Defensa (o Ministerio de Defensa). “Estamos casi seguros de que allí se encuentran pruebas que nos ayudarán a establecer responsabilidades penales sobre este crimen de Estado”, explica.

Aquella tarde de octubre de hace 40 años, los estudiantes, seguidos de obreros, algunas amas de casa, muchos curiosos, simpatizantes, niños y vecinos se habían reunido a las cinco de la tarde en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, para definir nuevas medidas de protesta contra el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Demandaban la libertad de los presos políticos; la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal, utilizados para encarcelar a los dirigentes opositores y a los disidentes del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en funciones de Gobierno aquel entonces.

Querían que desaparezca el cuerpo policial de Granaderos y también que se destituya a los altos jefes de la Policía. Reclamaban también la indemnización de todos los muertos y heridos desde que se había iniciado el conflicto. Más de 400 personas resultaron heridas; había mil detenidos y sólo los dos primeros días de conflicto, dice el periódico mexicano Excélsior, se reportaron 48 muertes. Por tal motivo, los funcionarios culpables de estos hechos sangrientos no deberían deslindar sus responsabilidades.

 

2 de octubre no se olvida

Todo había comenzado 73 días antes, el lunes 22 de julio de ese año. Un partido de fútbol americano entre estudiantes de la Vocacional 2 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y estudiantes de la escuela Preparatoria Particular “Isaac Ochoterena”, de la Universidad Autónoma de México (UNAM), terminó a golpes.

Esta trifulca callejera fue disuelta con mucha violencia por el cuerpo policial de Granaderos de la ciudad. Luego, invadieron instalaciones de la Vocacional 2 y golpearon a estudiantes y docentes. Las siguientes semanas se repitieron los enfrentamientos. Estalló, entonces, la indignación estudiantil.

El poeta mexicano, Francisco Azuela, que vive en Bolivia desde hace 30 años, me cuenta que la brutalidad con que la policía invadió la Preparatoria 1 de la Escuela San Ildefonso, el 29 de julio, (derribaron la puerta colonial del siglo XVIII con una bazooka) indignó a las autoridades universitarias.

El rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, izó la bandera mexicana a media asta en señal de luto por los hechos del día anterior y encabezó luego una marcha por la avenida Insurgentes hacia la plaza de la Constitución, llamada también Zócalo. El joven Azuela, entonces estudiante de derecho en la Universidad de Guanajuato, fue testigo de esa marcha. Él se encontraba en el hospital ferrocarrilero, acompañando a su padre muy enfermo que poco después habría de morir. Desde las amplias ventanas de este hospital, pegado a la Insurgentes, Azuela contempló en silencio una marcha de 180 mil estudiantes hacia el Zócalo. Su impresión fue enorme, y al reponerse logró escuchar una frase que luego habría de identificar al movimiento estudiantil: “Únete pueblo”.

Se creó el Consejo Nacional de Huelga (CNH), conformado por varios centros educativos con más de 250 dirigentes. Y su primera movilización fue la suspensión de clases.

El ambiente olía a pólvora. Y durante agosto y septiembre, la inestabilidad y el mido se instalaron entre las calles de la ciudad, cuya población, en octubre próximo, iba a ser testigo de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos.

El Gobierno temía que el movimiento estudiantil, financiado por el Partido Comunista Mexicano y los extranjeros de izquierda, según lo denunció, boicotee las olimpiadas.

Durante las movilizaciones y marchas de protesta, los estudiantes gritaban a coro “No queremos olimpiadas, queremos revolución”.

Raúl Álvarez Garín, ex dirigente estudiantil del ’68, me dijo que “en ningún momento eso constituyó una posición formal del CHN”. Coincidió con él, días después, Hernández Gamundi. “Más nos interesaba que el Gobierno deje de reprimir a los estudiantes y libere a nuestros compañeros”, me explicó Hernández.

Los ojos del mundo estaban en México. Y la huelga estudiantil era un problema grueso para el Gobierno que decidió aquel 2 de octubre abrir fuego contra la multitud reunida en la Plaza de las Tres Culturas.

Álvarez Garín y Hernández Gamundi, que vieron caer muertos ese día a varios de sus compañeros, fueron encarcelados junto a más de 3 mil estudiantes. César Tirado, en cambio, escapó como pudo, pese a que el ejército buscó hasta por debajo de las piedras a los demás dirigrntes.

Para César Tirado son “basiladas” (tomaduras de pelo) la pronunciación de Amnistía Internacional demandando justicia al gobierno mexicano. “Se han presentado una cantidad de pruebas, y está claro para todo el país y para todos los mexicanos los responsables directos de la matanza son el presidente Gustavo Díaz Ordaz; el Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez; el jefe del Estado Mayor Presidencial, Luis Gutiérrez Oropeza y también el Secretario de Defensa, Marcelino García Barragán”.

De todos ellos, sólo vive Echeverría, que fue presidente de México entre 1970 y 1976. Él cumple ahora un arresto domiciliario por orden del Segundo Tribunal Unitario de Primer Circuito de Procesos Penales Federales, en espera de su situación legal.

César Tirado, quien tiene ahora 62 años, cree además que los nuevos generales que ocupan hoy altos cargos en su país podrían ser los autores materiales de la matanza del 2 de octubre. “Ellos dispararon contra los estudiantes, por eso no creo que haya justicia en este país, se protegen unos a otros, cuando ven afectados sus intereses”.

Hasta la fecha no se sabe con precisión cuántas personas han muerto. Azuela me cuenta que los familiares que querían recuperar los cuerpos de sus muertos, “tenían que declarar, para que se sentara en el acto de defunción, que su familiar había muerto por otra causa”.

Al año siguiente, el presidente Díaz Ordaz asumió la responsabilidad política, social, histórica y ética de los hechos cuando emitió su informe anual al Congreso de la Unión de su país. Dejó la presidencia en 1970.

Siete años más tarde fue nombrado embajador de México en España, y cuando se le preguntó por esta matanza, golpeó la mesa a la que se había sentado y levantó la voz espetando: “de lo que estoy más orgulloso de esos seis años (de gobierno) es de 1968, porque me permitió servir y salvar al país. Les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático, poniéndolo todo: vida, integridad física, horas, peligro, la vida de mi familia, mi honor y el paso de mi nombre a la historia. Todo se puso en la balanza. Afortunadamente, salimos adelante; y si no ha sido por eso, usted no tendría la oportunidad, muchachito, [dirigiéndose al periodista] de estar aquí preguntando”.

Los ex dirigentes del CNH, Raúl Álvarez Garín, Félix Hernández Gamundi, César Tirado y Roberto Escudero crearon hace más de diez años el Comité del 68; una institución que busca justicia sobre esta matanza y otra que ocurrió en junio de 1971, conocida como la de Corpus Cristi así como persecución política, entre 1970 y 1976 (llamada Guerra Sucia) contra los simpatizantes de izquierda y los opositores al régimen del PRI.

La demanda por genocidio cursa en contra de Gustavo Díaz Ordaz y de Luis Echeverría Álvarez, entre otros. Hasta ahora, la justicia mexicana no se ha pronunciado sobre este caso.

 

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* Periodista boliviano. Corresponsal de Los Angeles Times en Bolivia.

Emmanuel Milán, periodista de la revista Semblanza, colaboró desde Ciudad de México en la elaboración de esta crónica.

Una década de cambios políticos

Una década de cambios políticos

En los años ’60, la información llegaba al alcance de los ciudadanos con más facilidad que otros tiempos. Las ideas y la libertad de pensamiento corrían raudos por todos los pasillos de varias partes del mundo.

Se empezó a considerar otro tipo de valores como ejemplo de vida. Esto repercutió en la forma de vestir: nació la minifalda, escándalo social para las madres de aquel tiempo. El Papa Paulo VI se pronunció en contra del control de la natalidad. Otro argumento en contra más para aquellos que deseaban la libertad frente a las imposiciones de los mayores.

La cultura, como resultado de este molestar social, fue otro refugio de expresión juvenil. La chispa la encendió, en los años ’50, el cantante blanco Elvis Presley al interpretar sobre el escenario “música de negros”. Años después, Los Beatles despertaron en los jóvenes la rebeldía congénita de esos tiempos. América Latina no era ajena a ese escenario.

El mundo vivía en esa época una tensión política entre las dos potencias mundiales: la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URRS) y los Estados Unidos. Ambas se disputaban el liderazgo internacional en todos los terrenos. En el caso político, primaba el autoritarismo.

Sumemos a eso los diferentes enfrentamientos políticos de estudiantes junto a obreros contra las respectivas policías de diferentes países europeos: Francia, Italia, Portugal y la antigua Yugoslavia. Estas influencias salpicaron en la juventud de Estados Unidos.

La intervención militar de este país en la guerra de Vietnam desató innumerables críticas por parte de estudiantes, políticos, artistas y sociedad; y era plato fuerte sobre la mesa de debates en la campaña de las elecciones presidenciales de ese año, en que mataron al candidato demócrata Robert Kennedy.

Meses antes habían asesinado al reverendo Martin Luther King, defensor de la igualdad de los derechos entre las personas de su país. La indignación social hizo crecer los deseos de paz en el mundo.

El politólogo boliviano Carlos Cordero nos explica que “la mentalidad en los jóvenes de aquella época  cambió como producto de los horrores de la Segunda Guerra Mundial”.

América Latina sintió esos efectos, y sus poblaciones estudiantiles y obreras reaccionaron con la protesta airada en demanda de sus respectivas mejoras. La respuesta por parte de los gobiernos fue siempre la represión.

En Chile, Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia estallaron en 1968 varias manifestaciones estudiantiles. Cada una con sus propias características.

El Gobierno mexicano, al excluir las demandas estudiantiles de 1968 cumplió al pie de la letra las presiones políticas de Estados Unidos. Ése el escenario que rodeó a la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de hace 40 años.

Los jóvenes de hoy frente a la matanza de Tlatelolco

Los jóvenes de hoy frente a la matanza de Tlatelolco

Algunos jóvenes estudiantes universitarios de Ciudad de México, (que oscilan los 19 y 23 años) consultados para esta crónica por el periodista Emmanuel Milán condenaron –a su manera– la actitud del Gobierno de Díaz Ordaz, en 1968.

Por: Emmanuel Milán

Laura Sánchez, de 22 años, estudiante de Derecho de la UNAM, opina que “en aquel entonces, una congregación de estudiantes, a los ojos del gobierno era un problema seguro, un aquelarre de la Edad Media. Esto hizo que hubiera tropas apostadas en las cercanías de la Plaza de Tlatelolco. Esos jóvenes tendrían nuestra edad más o menos; una edad en la que estás lleno de sueños y metas, en la que sientes que puedes cambiar el mundo. Y fíjate nada más: los mataron…”

Sin embargo, Johnatan Gutiérrez, de 19 años, estudiante de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales de la UNAM, dice que a muchos de sus compañeros la matanza del 2 de octubre no les afecta en absoluto. “No es por ignorancia”, se apresura en aclarar. “Lo de Tlatelolco es algo que todos lo sabemos, aunque no a fondo. Se han escrito libros y todo acerca de esto, pero no es una cosa que nos importe. Yo creo que sólo a los filósofos y pensadores, a los que andan más clavados en la onda del Che y eso”.

A lo largo de este año, la UNAM y el Comité del 68, junto a otras instituciones, organizaron varios encuentros con jóvenes estudiantes para promover el debate sobre esta matanza.

“La distancia de cuatro décadas impone una reflexión sobre la comprensión del verano del 68, en particular por parte de dos generaciones que han crecido y se han desarrollado sin una referencia directa de lo ocurrido entonces”, dice el editorial del diario Excélsior del 6 de septiembre de este año. Y por último, sentencia: “los jóvenes de hoy, como siempre, tienen la palabra final”.

En la foto:

Militares y policías ocupan instalaciones de El Palacio Nacional, sede del Poder Ejecutivo Federal en México y ubicado en la Plaza de la Constitución, en el centro histórico de la Ciudad de México, en la Delegación Cuauhtémoc, Distrito Federal. En esta foto parece que varios estudiantes de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional los rechiflan.